(9 / VII / 2018) Tenía apenas 18 años y estaba haciendo el servicio militar en el Batallón Logístico 1, de Tandil. Mi destino fue la Banda Militar. Como soldado, a los que sabíamos algo de música, nos reclutaron, luego del período de instrucción y nos enseñaron a tocar el tambor.

Alrededor del mes de mayo (1978) le llegó la orden al Teniente Farinella, a cargo de la Banda, que debíamos viajar a Buenos Aires a formar parte del desfile que se iba a realizar allí el próximo 9 de Julio.

Tocar en un desfile nos resultaba normal porque lo hacíamos en forma rutinaria casi todos los fines de semana y también entre semana. Pero formar parte de 20 bandas de todo el país y tocar enfrente de la Junta Militar (Videla, Agosti y Massera) era distinto.

El último mes nos preparamos ensayando 8 horas por día, más o menos. Desfilando en el playón o tocando adentro, si llovía. No había joda, ahí. Ni cansancio, ni pretextos.

El 7 de Julio partimos todos en tren en un viaje que duró una eternidad. Llegamos el 8 de Julio por la mañana y nos alojamos en el Cuartel de Granaderos.

Quedamos contentos, después de verlos cómo los tenían zumbando, porque nosotros, en comparación, éramos unos duques.

Debíamos levantarnos a las 6.00 de la mañana porque teníamos que estar en el lugar del desfile, apostados listos para tocar, a las 9.30. A las 10.00, comenzaba.

A las 4.00 de la mañana se desató la hecatombe en la cuadra, donde éramos alrededor de 200 soldados durmiendo. Todos los granaderos se levantaron porque ellos debían lustrar sus “dorados” y después vestirse.

Fuimos caminando, más que desfilando, al lugar donde nos juntamos con las otras 19 bandas que llegaron de todo el país. Al lado teníamos una de Formosa y atrás una de Corrientes. Eran alrededor de las 9.00 de una mañana fría, pero soleada.

Los soldados creíamos que iban a venir quienes eran las máximas autoridades del país, pero nadie nos había confirmado nada oficialmente.

De a poco comenzó a llenarse esa gran avenida (no recuerdo cual) y también el gran palco oficial que teníamos justo frente a nosotros.

Habían quedado tres lugares libres en el centro y algunos más alrededor de ellos. Pasadas las 10.00 llegó un auto descapotable y ahí venían ellos: Jorge Rafael Videla, Eduardo Massera y Orlando Agosti.

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Aquí me detengo porque esta es la parte más importe de este pequeño relato. Y me detengo porque, primero, debemos situarnos en tiempo y espacio. Era otra Argentina. Los habitantes tenían otra mentalidad (yo no me cuento porque con mis 18 años y haciendo el servicio militar, en mi cabeza no entraba otra cosa).

Sigo detenido en esta parte del relato para tratar de ilustrar ese momento que a mí nadie me lo contó, ni lo escuché de terceros, ni lo leí. Lo VIVÍ.

La gente en esa gran avenida estaba eufórica. Los balcones de los edificios estaban repletos de personas con banderas y tirando papelitos blancos. Se escuchaban cánticos como “Videla corazón” y “flaco…..flaco… flaco….”.

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Los militares se instalaron en el centro del palco y nosotros estuvimos tocando, enfrente por alrededor de tres horas. La gente nunca paró de aplaudir, agitar banderas y vivar a los militares.

Esto sucedió el 9 de Julio de 1978, hoy, hace 40 años y los recuerdos están frescos como si fueran de ayer.

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Después, nosotros, los del interior, con el correr del tiempo y de los años, nos enteramos las aberraciones que estaban ocurriendo mientras la gente vivaba a la responsable  Junta Militar en general y a Videla en particular.

Cada 9 de Julio me ocurre lo mismo, el recuerdo me aflora como si abriera una canilla de agua. Y la pregunta es la misma: ¿Por qué hoy nadie dice que en ese momento gran parte de la población estaba de acuerdo con el gobierno militar?

Claro, después, el tiempo, los testigos, los gobiernos democráticos y la Justicia, se encargaron de hacer saber las atrocidades cometidas por estos genocidas.

Pero en ese momento la gente quería a los militares y quería a Videla. A mí, nadie me lo contó. Yo toqué enfrente ellos, aquel 9 de Julio de 1978. Si señores, yo lo vi.

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