(1º / XI / 2017) Es una breve historia pero muy cara a mis sentimientos, nos cuenta Darío Stati, colaborador e ideólogo de esta nota.

Seguro fue en las décadas de los años ’60 / ’70. No estoy seguro en los ’80.

Fue un clásico, algo que esperábamos los chicos en las escuelas, las amas de casa para tener el almuerzo listo, los empleados para salir de sus labores y los patrones para cerrar sus comercios o simplemente cesar las actividades hasta la tarde.

La sirena tocaba a las 12.00 en punto. Con lluvia o con sol. No había parte de enfermo ni francos. Siempre sonaba la sirena de Pusineri.

La tranquila mañana de Juan N. Fernández se sacudía a las 12.00 del medio día, todos los días. La esperábamos todos. No era necesario mirar el reloj para saber cuando era el medio día. Sólo había que esperar a que sonara la sirena de Pusineri.

Una anécdota narrada por la propia “Pochi” Pusineri cuenta que un trabajador de un taller mecánico, cuando las mañanas venían cruzadas, dicen que decía y repetía incesantemente: -“Tocá Pusineri, tocá”. –

Roberto y Sara Pusineri llegaron a Juan N. Fernández en 1964 y la sirena empezó a sonar inmediatamente.

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Siempre estuvieron radicados sobre la actual calle 22, entre 35 y 37  (ex San Martín, entre Martínez de Hoz y Rivadavia). Allí tenían la Agencia Ika y eran agentes oficiales de lubricantes y combustibles Esso.

Toda una vida de lucha y trabajo basados en la honestidad y el don de buenas personas. Queridos por toda la comunidad, la responsabilidad de hacer sonar esa sirena a las 12.00 en punto fue inclaudicable.

Para nuestro colaborador de esta nota, Darío Stati, el sonido de la sirena lo transportaba a los relatos de su padre sobre la Segunda Guerra Mundial.

Apasionados, ambos sobre el tema, incluso como coleccionistas de radios y transmisores de esa época, a Darío, ese sonido, lo llevaban a aquellas sirenas que sonaban en las ciudades europeas antes de los bombardeos.

“Allí también sonaba una sirena, una igual a la que había en Juan N. Fernández”, escribe Darío.

Algunos dicen que también sonaba a la tardecita y otros aseguran que a las 8.00 de la mañana. Desde aquí, junto a Darío Stati, nos acordamos de la sirena de las 12.00 del medio día.

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Un recuerdo que intenta destacar la responsabilidad de Don Roberto y Doña Sara, sin ningún beneficio, más que saber que hacían algo a favor del pueblo y de su gente y que nos transporta a aquellos años en que la vida era distinta, más sencilla, sin celulares ni computadoras, pero con una sirena que tocaba, gracias a la responsabilidad de una familia, puntualmente a las 12.00 de todos los medios días. Era la sirena de Pusineri. Si señores, yo la oí.

                     Rubén Darío Stati  –  Ricardo J. Basualdo

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