SÍ SEÑORES, YO LO VÍ

Relatos en primera persona.


SI SEÑORES, YO LO VÍ: DR. CATTONI, MÉDICO CON ALMA Y VIDA

Escribe: Ricardo J. Basualdo

(28 / II / 2017) El Hospital local lleva su nombre. También la cancha del Club Defensores. Forma parte del quehacer diario de nuestra localidad. Pero, ¿Quién fue el Dr. Néstor Fermín Cattoni?

Sintéticamente fue un profesional ético y humano elevado a la máxima potencia. Como vecino participó en muchas comisiones siempre con el deseo de progreso para el pueblo.

hosp2

Nació en Ticino, Provincia de Córdoba, un pueblito casi como el nuestro por la cantidad de habitantes.

Cuando tenía un año y algo más llegó a Juan N. Fernández con sus padres. Don Julio, su papá, era farmacéutico y, luego de ser empleado, puso su propia farmacia ubicada donde hoy es la Farmacia Minvielle.

Fue a la Escuela Nº 14 y el secundario lo hizo en el Colegio San José de Tandil, excepto el primer año que lo hizo en Buenos Aires.

Luego partió a Córdoba a estudiar medicina. Allí se recibió en 1955  y en 1956 ya estaba haciendo sus prácticas.

5

En su estadía en Córdoba conoció a Alicia Bertero, quien había terminado su Bachillerato y con quien compartió el resto de su vida.

Llegaron a nuestra zona unos años más tarde, de recibido. Arribaron a Ramón Santamarina donde ejerció por algo más de un año. Luego retornó a Juan N. Fernández donde ya estaban ejerciendo los Dres. Copello y Rochet.

A partir de aquí comienza la historia, la gran historia de vida, profesionalismo y entrega del Dr. Néstor Fermín Cattoni, en Juan N. Fernández.

Podemos dividir su vida de trabajo en dos inmensas partes: Como médico y como vecino comprometido con el pueblo. Cada una de ellas tiene infinitas aristas.

Médico fue con alma y vida. Su carrera no la eligió azar seguramente y el juramento Hipocrático no lo hizo en vano, eso es innegable.

Como sacado de las memorias del gran René Favaloro, el Dr. Cattoni fue médico de pueblo, de familia, de campo, de domicilios a las madrugadas en las cuatro estaciones, de policía y del hospital que hoy lleva su nombre.

Foto con don Luis González, su primer paciente y médico de toda su familia. El primer parto que atendió fue el de Silvia Rodríguez

Foto con don Luis González, su primer paciente y médico de toda su familia. El primer parto que atendió fue el de Silvia Rodríguez

Luego de las ausencias de los doctores Copello y Rochet compartieron su compromiso con el Dr. Carlos Gabino. Por lógica, cuando uno se ausentaba le quedaba todo el pueblo para el otro. Enterito.

Jamás dijo que no, a la hora de atender un paciente, sea la hora que fuere y de quién se trate. Alicia, su esposa, recuerda que, a la hora de la receta muchas veces se suscitaba el siguiente diálogo: – ¿Dr. Y con qué compro todo esto, no tengo un peso? – Cattoni se metía la mano en el bolsillo, sacaba su dinero y se lo daba al paciente. – Tomá, después de me lo devolvés –  Esta última frase, la gran mayoría de las veces estaba de más porque ese dinero no regresaba, pero igualmente así, jamás dejó de hacerlo.

6

Tanto en el hospital como para la policía trabajó gratis. Nunca cobró un peso. En el hospital, porque era de gestión local y lo manejaba una asociación cooperadora, siempre puso el hombro y sus conocimientos ad honorem. Al igual que en su actividad privada, allí concurría a atender un horario establecido pero también atendía las urgencias. Accidentes, partos, patologías agudas, todo. El decir “no puedo” nunca fue la opción, salvo cuando su salud le empezó a pasar factura.

Como médico de policía empezaron pidiéndole una intervención y luego otra y luego la promesa de darle un cargo que nunca le dieron. Igualmente nunca dejó de acudir cada vez que fue requerido.

Tuvo su clínica privada que funcionó muchos años en Juan N. Fernández, algo impensado en estas épocas. Con un servicio de primera, allí se internaban urgencias, se atendían especialidades médicas por profesionales que llegaban de otras ciudades, partos, apendicitis, diagnóstico por imágenes (la ecografía recién se había empezado a usar). Con todo eso jamás se hizo rico, sólo vivió dignamente y pudo darles a sus hijas una carrera con un título.

Como parte de personalidad que le conocí se pueden destacar muchísimas, pero me voy a detener en la que más admiré y en la que nunca observé en otra persona. El Dr Cattoni inspiraba un respeto único e inigualable. Desde el saludo por las calles o en el club, su personalidad emanaba eso, RESPETO (CON MAYÚSCULA).

Como anécdota puedo contar algo que cientos de ex alumnos del Instituto Excelsior no me dejan mentir. Cattoni fue profesor de Física y Química por muchos años allí. Cada vez que él entraba al colegio y estábamos de recreo en el patio, se abría la puerta, lo veíamos y todos callábamos. Silencio absoluto. –Buen día, nos decía – Buen día doctor, respondíamos todos- Y el recreo seguía. Amigo lector que no vivió esto, no se confunda, por favor. No era miedo, temor o algo infundado. Era respeto. Se producía un fenómeno inexplicable entre el profesor médico y los alumnos que hiciera que todos nos calláramos y esperásemos el saludo. Nunca pasó con otro profesor ni con el rector mismo. Ese era el Dr. Cattoni.

Alicia nos contó también que a sus hijas Viviana, Andrea y Paula jamás las retó. Sólo les decía lo que debían hacer o lo que a él no le gustaba que hicieran. Con eso bastaba.

Como vecino participó del Consejo de Administración de la Cooperativa Eléctrica. Muchísimos años (por no decir toda su vida) fue miembro de la Comisión Directiva del Club Defensores y varias veces su presidente, miembro de Rotary Club y consultor de toda persona o institución que requería su sabia opinión.

3

Fue psicólogo de la vida, consejero sin título y oreja de todo el pueblo. Tenía la facultad de saber (perdón, SABER CON MAYÚSCULA) escuchar y aconsejar, así como guardar el secreto profesional de un joven, de un matrimonio o de un anciano.

Sus pasiones fueron la pesca que disfrutaba con amigos a las orillas de los ríos buscado al pejerrery. Independiente de Avellaneda y su Defensores querido por el cual dio mucho más que su tiempo y su dinero.

Pescando con sus amigos Osvaldo Tamargo, rolando Conde y Ramón Alaniz

Pescando con sus amigos Osvaldo Tamargo, Rolando Conde y Ramón Alaniz

El cigarrillo y su actividad a la que no le ponía límites comenzaron a pasarle factura ya cuando despuntaba sus 50 años.

Personalmente atendió el embarazo de mis tres hijas y el parto de las primeras dos. Cuando nos dio la noticia que, por razones de salud, ya no podía atender el parto de la próxima, fue como un cachetazo de la vida. No podía ser. ¿Cómo qué no? ¿Y ahora? ¿Cattoni no me va a poder atender? No, no había caso, tuvo que pasar varios días para asimilar semejante noticia.

Creo que una situación parecida, nos pasó a todo Fernández.

Luego de su primer contratiempo de salud, aunque frágil, siguió trabajando unos años más. Un 25 de Febrero de 1992, con 60 años de edad (este año se cumplieron 25 años), recibimos la noticia del fallecimiento del Dr. Cattoni.

Nadie es imprescindible en la vida. La vida sigue. El tiempo cura todo. El tiempo hace su trabajo. Cientos de estos dichos podrán aplicarse cotidianamente. Lo cierto es que el vacío que nos provocó la ausencia física del Dr. Cattoni es un recuerdo que aún perdura en quienes fuimos sus pacientes, sus alumnos, sus vecinos y conocimos su integridad profesional y humana.

Su legado perdurará porque en sus treinta y pico de años vividos en Juan N. Fernández dejó mucho. Además de obras y trabajo, dejó su impronta de entregar todo a su prójimo, de brindarse al cien por ciento hacia los demás con respeto y la dignidad de los grandes.

Así fue el Dr. Néstor Fermín Cattoni. Si señores, yo lo ví.


“PEBITO” ALONSO SACÓ EL GORDO DE NAVIDAD

Escribe: Ricardo J. Basualdo

Pocas veces un pueblo entero se alegró por la suerte de uno de sus vecinos. El trabajo de toda una vida fue coronado por la diosa fortuna de la Lotería. 

La Confitería Las Delicias allá por los ’70 / ’80 en Juan N. Fernández, era una institución. Y su propietario, Anibal “Pebito” Alonso, una personalidad. Por su respeto, su trabajo diario y su humor a flor de piel fue una de esas personas que tenían todo para ser querible y querido. Al igual que su esposa Julia, eran nativos de España y habían llegado a nuestro país a compartir sus vidas, con sus hijos y trabajando.

1

Allí se reunían todas las clases sociales del pueblo y “Pebito” los trataba de igual manera, salvo que se haya pasado el límite. Ahí había que ponerse firme y ordenar el lugar.

Foto histórica. Atrás de Aníbal una columna de alumbrado público sin instalar. La Casa Prados con su arquitectura histórica.

Se jugaba a las cartas, se tomaba una copa, se jugaba al billar, se comía una picada o un sánguche, se compraban golosinas y se vendían todo tipo de bebidas para consumir y para llevar. Mi viejo le compraba los cajones de vino Ripober rosado.

Todos los días, a media mañana, “Pebito”, abría su confitería y permanecía abierta hasta las últimas horas de la noche o primeras horas de la madrugada, según como venga la mano. Nunca tuvo pereza. Había estar todo el día atrás del mostrador, no es moco e’ pavo. Doña Julia siempre estaba a su lado trabajando codo a codo.

Ambos tenían un sueño que les resultaba inalcanzable: viajar a España y ver a sus familias que hacía más de 30 años no se veían. Por más que se trabajara como lo hacían, la plata no alcanzaba para semejante viaje. El sueño siempre quedaba ahí, en un sueño.

Por esa razón, quizás y acá estamos especulando con esa realidad, “Pebito” compraba todos los años un entero para el Gordo de Navidad, el 28.611. El primero se lo compró a Lazarte, quien vendía para Casa Magno, al morir el vendedor, Panchito Magno, se lo guardaba todos los años, aún, sin que se lo pidiera.

Corría el mes de Diciembre de 1985 y don Alonso no andaba bien de salud. El corazón le estaba avisando que afloje y a su compañera Julia las piernas le estaban pasando factura, así que ya lo habían decidido, ese año cerraban la confitería. La idea era abrir un kiosco o despacho de bebidas en el garaje de su casa. El trato diario con los parroquianos era su vida y no pensaba dejarlo.

Esa Navidad fue el año número 15 que Panchito Magno le guardó el entero de Provincia 28.611. “Pebito” siempre les daba a sus hijos, Alba y Aníbal, un billete, pero ese año, no. Si sacaba algo iba a quedar igual en su familia.

Alguna vez había sacado el 2do premio de la Lotería Provincia y ese año, 1985, había sacado un auto en una rifa local

El gordo de Navidad de 1985, Lotería Provincia se jugó en el medio día del Sábado 21 de diciembre. Calor a las 14.00. La confitería casi llena. Los parroquianos despuntando el vicio y “Pebito” atendió el teléfono 56, que llamaba insistentemente. El interlocutor le dijo que era Pancho Magno y que había SACADO LA GRANDE. “Si pebito, tenés razón, gracias, eh”, le respondió don Aníbal, seguro que le estaban haciendo una broma a las que él nunca le esquivaba y las hacía.

Cinco minutos más tarde entraba Pancho Magno a la confitería, exultante a decirle cara a cara que ciertamente ¡HABÍA SACADO LA GRANDE! El gordo de Navidad había sorteado y el primer premio con  1.080.000 Australes era para el número 28.611.

El llanto, la emoción, las lágrimas, la alegría de la familia y de los parroquianos recorrió en pocos minutos todas las casas de Juan N. Fernández. “PEBITO” HABÍA SACADO EL GORDO DE NAVIDAD. Obvio, que esa tarde, todos tomaron y consumieron gratis, nadie pagó nada.

Todos, sin ninguna distinción, todos los fernandenses nos conmocionamos y compartimos esa alegría y esa emoción de la familia Alonso. “Se lo merecen”, fue el comentario que se tornó redundante por esos días.

Medios regionales y nacionales se ocuparon de la trascendental noticia.

Aníbal y Julia inmediatamente pensaron en su viaje a España y demás sueños postergados para sus hijos, como que cada uno tuviera su casa propia y que uno de ellos viviera en esa esquina que alquiló durante tantos años a “Paco” Sánchez y que rápidamente compró. Su hija Alba, vive hoy en su casa construida con parte de los ladrillos de la confitería, en esa misma esquina.

Julián Martínez, junto a Mario Méndez, su yerno, acompañaron a Aníbal a Buenos Aires a cobrar el premio. Con el descuento por el impuesto a los juegos de azar cobró  750.00 Australes que equivalían a 750 mil dólares. La cifra era sideral. Equivalían, en esos años, a varias miles de hectáreas de campo.

Era la época de la bicicleta financiera y  lo que más rendía era el plazo fijo para que no se desvalorizara el dinero. Para poder darse cuenta de lo que era esa cifra, los números daban para sacar la cuenta de lo que rendía ese dinero por hora y por minuto.  ¡Impresionante!

Después vinieron la despedida de los amigos y parroquianos, la operación del corazón, el viaje a España, el reencuentro con las familias y otras metas conseguidas. La Confitería Las Delicias se cerró ese mismo Diciembre para siempre. Allí quedaron encerradas un millón de historias, por ese millón de Australes que ganó su dueño.

Pero lo que en esta reseña quiero resaltar es aquel día en que el pueblo se revolucionó por ese toque que le dio el azar a una persona que fue muy apreciada y respetada de Juan N. Fernández. Aníbal “Pebito” Alonso ganó el Gordo de Navidad con el 28.611, el 21 de Diciembre de 1985. Si señores, yo lo vi.